Die Musik besteht seit der Mensch auf del Welt ist, aber die Tiere, Atome und Sterne erzeugen auch Musik

K.Stockhausen

Diogenes Laercio afirma que Pitágoras había construido un monocordio para explorar las relaciones numéricas existentes entre los sonidos, lo que pudo finalmente establecer a través de los cuatro primeros números naturales: la octava (1:2), la quinta (3:2) y la cuarta (4:3). Según tal pesquisa, la serie de los ocho primeros números equivale a los primeros armónicos de una frecuencia dada: Do(1), Do’(2), Sol’(3), Do’’(4), Mi’’(5), Sol’’(6), Si bemol’’(7) y Do’’’(8). (Convengamos en que el Si bemol correspondiente al número siete es un tanto conjetural, pero démoslo por bueno). Por su parte, mediante la suma de los cuadrados de tres de los primeros cinco números naturales (3, 4 y 5) ya era posible enunciar el famoso teorema que lleva su nombre (9+16=25). El número era el cimiento de la geometría, pero también de la acústica: extender esa idea al ámbito del cosmos era una consecuencia lógica. La conclusión de que el movimiento de los astros produce una música que no podemos escuchar porque suena de modo ininterrumpido parte de aquí, y ha sido un referente en la filosofía europea: Zarlino, siguiendo a Boecio, afirma que nuestros oídos no pueden apreciar la armonía celestial debido, justamente, a su perfección y su grandeza.

Pero más allá de la geometría se dilata una posible lectura simbólica. Según Platón, la música trae el recuerdo de la eternidad: la música sería la imagen sensible de esa eternidad en movimiento (la eternidad sometida al número, esto es, a lo mudable) que, según el Timeo, es la esencia del Tiempo. Tratadistas posteriores, como Ambrosio de Milán, volverán sobre la idea, enunciando que la música terrena permite al alma recordar la música celeste (la Musica Mundana de Boecio) para que pueda superar las miserias del mundo ordinario. Hay toda una línea filosófica que considera a la música, no como una simple manifestación artística para el deleite del oído, sino como una entidad trascendente capaz de conectar al hombre con un nivel de realidad superior. Los conciertos de ángeles tan habituales en la iconografía religiosa expresan idéntica idea: la de la música como una puerta que conecta el mundo inferior y el superior. 

¿Existe pues una dimensión de la realidad en donde la música se manifieste como tal, más allá de formulaciones poéticas o religiosas? La música existe desde que el hombre está en el mundo, pero los animales, los átomos y las estrellas también producen música, afirmaba Stockhausen en la cita que prologa esta nota (es interesante considerar que el compositor no escribe machen o tun, sino erzeugen, esto es, producen, como si la música fuese una consecuencia ineluctable de la existencia de semejantes seres o entidades en lugar de una actividad deliberada). En mayo de 2002 el telescopio Chandra de rayos X, a través de variaciones de la intensidad lumínica en ciertas regiones del gas caliente que envuelve el grupo galáctico de Perseo, había detectado unas ondas mecánicas que vibraban en una frecuencia precisa. Los científicos que estudiaban el fenómeno concluyeron que se trataba de ondas sonoras procedentes de un agujero negro supermasivo presente en el interior del grupo. Pero no se trataba de un ruido blanco caótico como el que existe, por ejemplo, en el interior del Sol, sino de un sonido equivalente, al parecer, a un Si bemol 54 octavas por debajo del La más grave de un piano normal: ese mismo (y problemático) Si bemol pitagórico arriba señalado. La simple idea de la afinaciónde semejante sonoridad (imposible de escuchar por encontrarse en una tesitura inalcanzable para el oído humano) sugeriría la existencia de una armonía de dimensiones siderales –es decir: inhumanas- que diese un posible sentido musical al universo (por otra parte, si el Si bemol corresponde al número siete en la lectura numérica arriba expuesta, se podría pensar en un Do básico situado todavía dos octavas por debajo de la frecuencia observada).

El descubrimiento quizá permitiría resituar, desde una perspectiva actual, la base del pensamiento pitagórico y sus sucesivas derivaciones. Así, no sería ilógico preguntarse por la existencia de un inimaginable acorde universal (¿un acorde perfecto mayor, una séptima de dominante, una superposición de quintas, un agregado místico como el que describiera Skriabin, una simultaneidad desconocida e indefinible?) formado por las reverberaciones de los numerosos agujeros negros que horadan el espacio-tiempo y que resonase en todos sus ámbitos. Puede que aquéllo que designamos como música no sea sino el eco provocado por armónicos infinitamente distantes de una fundamental inexpresable: y tal vez la idea visionaria de la Armonía de las Esferas describa un orden de realidad inalcanzable para los seres humanos que abarque mucho más que una simple intuición poética o filosófica.

José Luis Téllez