La inmarchitable

Nunca se sabrá si su belleza era espontánea o fruto de la industria (a fin de cuentas, tampoco se llamaba Marilyn), pero su atractivo era imperecedero: lo mismo podía seducir a un príncipe trabajando como corista que al intérprete de saxofón del grupo en el que actuaba como cantante. Se dice también que era incompetente para memorizar un guion y que, en ocasiones, llegaba al extremo de inventar sus réplicas, pero nadie habrá resultado más indiscutible en la enunciación de cualquiera de sus párrafos, por descabellados que estos pudieran ser. Era capaz de enloquecer al vecino del piso inferior sin necesidad de proponérselo y dejar la nevera abierta con el ventilador dentro de ella para refrescar la tórrida atmósfera neoyorquina, de reflejar su deslumbrante belleza en un espejo de cuerpo entero y, a continuación, chocar ruidosamente contra él por no haber querido utilizar las gafas, pero nadie podrá negar el carácter arquetípico de su belleza: el modelo paradigmático de rubia tonta que, si no propiamente creado por ella, supo llevar a su más elevada expresión con una pureza conmovedora. También se ha afirmado que no era buena actriz, pero es dudoso que alguien carente de talento escénico pudiese hacer verosímil una réplica como aquella:

Está usted leyendo la revista cabeza abajo.

¡Yo estoy bien colocada!

Era todo eso y, quizá también, mucho más: una mujer desdichada que articuló un monumento vivo al desenfado y a la lozanía.

Jose Luis Téllez