Diálogos de Urania y Euterpe
Cuando Wagner describe su último trabajo escénico como Bühneweihfestspiel, festival de consagración escénica, está abriendo la puerta a un tipo de texto en el que lo representado implica un discurso reflexivo acerca del propio hecho de la representación. Obras posteriores como Krol Roger (quizá la mejor obra de Szymanovsky), Le martyre de Saint Sébastien (donde se une lo mejor y lo peor de Debussy) o Palestrina de Hans Pfitzner, constituyen trabajos sustancialmente estáticos en los que la concepción filosófica es tan decisiva como su propia realización. A medio camino entre el dinamismo operístico y el estatismo intemporal del oratorio, se trata de un tipo de discurso que se complace en su propia reflexión metalingüística, dilatando una concepción del tiempo escénico en que reflexión y acción propiamente dicha aspiran a articular una unidad nueva que subvierte las fronteras tradicionales.
Johannes Kepler, el protagonista de la penúltima ópera de Hindemith, desarrolló 1619 en su libro Harnonices Mundi un sistema acerca de la geometría de los planetas hondamente poético: la idea de que el movimiento planetario es correlativo con la armonía universal de acuerdo con la relación entre los números naturales es tan bella como inexacta pero, por lo demás, es perfecta la expresión de las leyes que señalan que el recorrido en torno al sol es elíptico regido por la ley de las áreas según la proporción entre el cuadrado del periodo y el cubo del semieje menor. El título de la obra de Hindemith es la versión alemana de la obra de Kepler: Die Harmonie der Welt, la armonía del mundo, que aspira a expresar poéticamente lo que en Kepler era deducción cósmica.
A diferencia de la Sinfonía basada en la música de Matis der Maler, la obra orquestal sobre Die Harmonie der Welt es anterior a la composición de la ópera: es una obra de extraordinaria fuerza, intensidad e imaginación expresiva. Estrenada en 1951 (la composición de la ópera se extendió hasta 1956) está dedicada a Paul Sacher, que la presentó en Basilea: Fürtwängler afirmó (y con entera razón) que era la mejor obra instrumental del autor de Hin und Zurück. Dividida en tres segmentos, se articula, siguiendo a Boecio, como la sucesión de Musica Instrumentalis, Musica Humana y Musica Mundana (la armonía de las esferas, inaudible para los oídos humanos). Con incuestionable protagonismo de los intervalos de semitono y de cuarta, la sobrecogedora partitura recorre un amplio margen de registros expresivos cerrándose con una imponente passacaglia (en realidad, una chacona con veintiuna variaciones, en la medida en que el tema aparece tanto en las voces graves como en las superiores) que finaliza luminosamente en Mi mayor. Es, realmente, un reflejo transfigurado de la ópera aún sin componer, que concluye con un dilatado episodio estático (un concertante, por emplear el término tradicional) en que todos los personajes intervienen tanto individual como colectivamente. Final de grandiosa belleza que rinde incuestionable justicia al gran matemático y astrónomo.

Las figuras operísticas son abstracciones que tienen dos rostros: su realidad filosófica/histórica y su proyección planetaria: Hindemith organiza las notas del total cromático según lo que él mismo denomina sistema planetario tonal en el que la energía solar disminuye según aumenta la distancia que, a su vez, es un modelo de la diferencia armónica como metáfora del destino humano en su búsqueda de una plenitud que, si no se alcanza, no deja por ello de resultar inesquivable: búsqueda de la armonía universal de acuerdo con una alegoría mística. Los personajes son, a la vez, su realidad histórica y la proyección de la realidad intemporal del cosmos a través de una serie que enlaza las doce notas con los personajes de la ficción, que constituyen igualmente la metáfora de la realidad celeste partiendo de la relación de octava: Do, Do, Sol, Fa, La, Mi, Mi bemol, La bemol, Si bemol, Re, Re bemol, Si, Fa sostenido. Los acontecimientos relacionados se sitúan en tonos próximos mientras los correspondientes a los antagonistas lo hacen a distancia de tritono. La obra, cuyo libreto se debe al propio compositor, comprende quince escenas y cinco actos que recogen las vicisitudes del astrónomo con el Emperador Rudolph II y el general Wallenstein, la condena de la madre de Kepler, que éste logra refutar, el dolor por la muerte de su primera esposa y la relación con la segunda: pero, a su vez, esos mismos personajes se transfiguran en la grandiosa passacaglia conclusiva en que se revelan como la personificación de los propios planetas: La Madre de Kepler es La Luna, el Emperador es El Sol, Kepler, La Tierra, Wallenstein, Júpiter, el astrólogo Tansur, Saturno y Susana, la segunda esposa de Kepler, Venus.
Obra filosófica, más allá de su incuestionable realidad teatral, Die Harmonie der Welt es un texto trascendente, tanto en el itinerario de Hindemith como en su propia realidad dramática. Estrenada bajo la dirección del propio compositor en Munich el 11 de agosto de 1957, jamás ha entrado en repertorio: desdeñada por el público, el Opus Magnum de Hindemith aguarda aún su demorada resurrección.
Jose Luis Téllez