Damas de la música
Una es conocida por su hermano, otra lo es por su esposo, algunas, por sus padres: como si el talento de cualquiera de ellas no dependiera de sí mismas, sino de sus relaciones familiares. Hay algo más de doscientos años entre unas y otras pero, a los efectos del prestigio y la celebridad, el discurso dominante ha mantenido a muchas de ellas al margen de sí mismas. Mujeres compositoras: se diría un oxímoron, dada la escasa atención que les ha otorgado la historiografía oficial. Pero la categoría de la música que abordaron y escribieron las sitúa en un vértice privilegiado de la plenitud y la belleza.
Conocida en su día como la ceccina, Francesca Caccini, hija de Giulio Caccini, fue la primera mujer que escribió y estrenó una ópera: La liberazione di Ruggiero (sobre libreto de Ferdinando Saracinelli) subió a escena en el palacio de los Medici en Villa del Poglio 1625. Es interesante el tratamiento musical, delicadamente melódico, para la hechicera Alcina (el personaje positivo) y tratado como simple declamación para Melissa, el personaje negativo. Su música fue muy valorada pero, desdichadamente, ha desaparecido con excepción de la ópera citada que tras su estreno no regresó a la escena hasta 1983 en que se repuso en Colonia, demostrando su sólida factura. Autora de poesía en italiano y en latín, intervino (junto a su hermana menor, Settimia, compositora igualmente) en el estreno de la Euridice de Giacopo Peri.
Hija adoptiva de Giulio Strozzi, Barbara Strozzi fue discípula de Francesco Cavalli, interviniendo habitualmente como intérprete y compositora en la Accademia degli Unisoni, una escisión de la prestigiosísima Accademia degli Incogniti a la que pertenecía su propio padre. Autora de ocho libros de música, el primero contiene madrigales de 3 a 5 voces, pero los restantes son colecciones de ariette y cantatas: éstas últimas se articulan en secciones contrastadas que juegan con estilos opuestos buscando una clara narratividad. No escribió óperas, pero su pieza de mayor ambición (el lamento Sul Rodano severo) funciona como una perfecta escena dramática. Utilizando habitualmente el, así llamado stile concitato, su música trasmite el pathos propio y característico de la seconda prattica.
Fanny Mendelssohn (Fanny Hensel para el siglo, por el apellido de su esposo, el pintor Wilhelm Hensel), fue alumna de Zelter y, al igual que su hermano, conocedora y admiradora en profundidad de la obra de Bach en unos días en que su música casi se había olvidado. Autora de medio millar de obras, en su mayor parte Lieder y piezas pianísticas de exquisito trazo, compuso igualmente un par de oratorios de considerable tamaño. Su segundo viaje a Italia, en 1845, la puso en contacto con Gounod, que siempre destacó la profunda influencia de la música de Fanny en la escritura de su propia obra. Persona de gran cultura y rica conversación, mantuvo hasta su muerte un salón filarmónico en su domicilio berlinés al que asistieron regularmente numerosas figuras del ámbito no sólo musical sino artístico, en donde estrenó sus propias obras de cámara. El Cuarteto con piano en Do menor no cuenta con otros precedentes que las dos obras del mismo organicum de Mozart: cuatripartito, es una pieza de intensa expresividad, con un movimiento lento en el que durante un largo trecho la tonalidad oscila sin alcanzar término y que, tras un brillantísimo scherzo, desemboca en un dramático final lleno de energía.
El concierto para piano escrito por Clara Wieck está en la misma tonalidad (La menor) que el compuesto años más tarde por su (futuro) esposo Robert Schumann y, si bien carece de la excepcional y estructuralmente compacta inventiva melódica de éste, no es un trabajo inferior desde el punto de vista de la solidez formal y la limpieza temática. Resulta especialmente llamativa su riqueza armónica: el paso de La menor a Fa menor y a La bemol en el tiempo inicial resulta especialmente llamativo. Mientras el movimiento central es una delicada romanza para violonchelo solista y piano (una pieza de cámara en mitad de una obra sinfónica), la dilatada conclusión es de una riqueza e inventiva sorprendentes. El virtuosismo en la escritura pianística muestra a las claras la altura de su formación técnica, así como la elegancia de su diseño temático: Clara Wieck tenía 16 años cuando acabó la versión definitiva de la obra, en la que hay una madurez formal y una riqueza temática absolutamente admirables: cerca de un centenar de composiciones de pequeño tamaño dilatan un catálogo de incuestionable calidad.
Sumamente respetadas, queridas y admiradas por sus colegas y, en el caso de Clara Schumann, por los numerosísimos asistentes a los conciertos públicos en que se interpretaban sus obras, sus composiciones desaparecieron del repertorio tras sus respectivos fallecimientos, el de Fanny Mendelssohn en 1847, el de Clara Schumann, en 1896. Solamente en fechas muy recientes algunas de sus obras han comenzado a editarse y a regresar nuevamente a los atriles. Tanto en aquellas como en estas compositoras, el tiempo ha hecho justicia, como siempre, demasiado tarde.
José Luis Téllez